Políticas del sueño — Un texto por el derecho al descanso

Julia Morandeira Arrizabalaga, diciembre 2018.

Durmiendo en el suelo. Cámara del Joven Trabajador 15–24. Werker 10 — Escuela de Fotografía Popular. Dar Chabab, Barcelona 2018.

La historia del sueño y el descanso no es un relato homogéneo, como tampoco han sido sus modos y discursos. No siempre se ha dormido igual ni lo mismo, ni mucho menos de manera consistente; las ocho horas seguidas de sueño es una proclama relativamente reciente. El sueño, como la noche, fue domesticado a lo largo del siglo XVIII a través de la iluminación progresiva del mundo y la consolidación de la jornada laboral de entre 8 y 12h. Antes de entonces, en gran parte del continente europeo, se dormía en dos o más períodos divididos a lo largo de las 24h del día, sobre todo durante la noche. Los intervalos de vigilia eran dedicados a la oración, la reflexividad, la conversación, la intimidad, al trabajo doméstico o a alguna actividad delictiva menor; era un tiempo ambivalente que combinaba el bienestar con el terror propios de lo nocturno.1 Si la primera necesidad de la noche era el descanso, la segunda era el trabajo. Durante la Edad Media europea,2 la noche constituía un terreno legal regulado por las campanadas del ocaso, que marcaban la extinción de los fuegos y la prohibición de trabajar a la luz de la vela; y las del amanecer, que anunciaban la llamada al trabajo. Estas no sonaban siempre a la misma hora y variaban según las estaciones, sintonizadas con los ritmos naturales de la preciada luz solar que regía el tiempo de faenar. Sin embargo, en las grandes ciudades a partir de la Edad Moderna y el advenimiento del capitalismo moderno, los ritmos laborales se independizaron de la bajada y subida del sol, y hacia finales del siglo XVII, mercaderes y oficiales en varios lugares de Europa establecieron el inicio de su jornada a las siete de la mañana. Esta incluía varias pausas largas y acababa hacia las siete o diez de la noche, aunque extender el trabajo tras la puesta del sol gracias a la luz artificial era ahora una posibilidad. Las razones para trabajar de noche eran múltiples y variadas (las cosechas no podían esperar, especialmente si el mal tiempo o el robo las amenazaban; una vez encendidos, el calor de hornos y forjas eran aprovechado al máximo; por no mencionar el trabajo doméstico de mujeres y sirvientes que se extendía a lo largo de las horas del reloj3 y el tiempo de descanso se repartía el resto de horas disponibles. El tráfico colonial de mercancías introdujo además el uso de especias y nuevas sustancias estimulantes como el café, el té, el azúcar o el cacao, que extendieron la productividad y la explotación tanto en las colonias como en las metrópolis, contribuyendo a consolidar la definición dialéctica entre descanso nocturno y trabajo diurno.

Así, azuzada por la tensión entre el desarrollo de formas de capitalismo y las conquistas de las luchas sociales, la jornada laboral se extendió a partir del siglo XVIII, luego se acotó durante la primera mitad del siglo XX, para volver a extenderse a partir de la década de los setenta con el advenimiento de lo que Murray Melbin denominó instituciones “incesantes”:4 servicios disponibles 24h gracias al auge de los turnos de noche. Esta lógica auguraba que durante los noventa la extensión de la colonización laboral de la noche se generalizaría de manera definitiva pero, en su lugar, las industrias de servicios se relocalizaron a otros lugares del planeta, con otros horarios y leyes laborales, para preservar la jornada laboral diurna y el esquema de sueño establecidos en el mundo occidental. Este equilibrio no llegó a mantenerse mucho tiempo, ya que con la entrada de internet, la automatización y la tecnología, la colonización del trabajo y del descanso se extendió hasta absorber la noche, la vida y el tiempo. De un tiempo a esta parte, el mundo se ha convertido en un lugar permanentemente iluminado en el que el trabajo y el consumo se despliegan de manera ininterrumpida. Jonathan Crary lo califica de “capitalismo 24/7”:5 un modo de producción incesante en el que estamos permanentemente expuestos (para ser vigilados y capturados) y permanentemente conectados (a sistemas de comunicación, dispositivos e interfaces de lo más variados). El capitalismo 24/7 sueña con el fin del sueño, con una eficiencia sin tregua y una transparencia luminosa, donde las sombras y la pereza dejan lugar a un tiempo y experiencia planos, homogéneos y sin fricción.

Un mundo 24/7 es un tiempo de indiferencia, insensibilidad y amnesia, poblado por trabajadores asestados por el burnout, doers “apasionados” que sobreviven a base de medicalización, trabajadores precarios no tan entusiastas pero sin otra alternativa aparente, trabajadoras invisibilizadas y no remuneradas, muertos laborantes,6 y hormigas eléctricas7 entumecidas. En este esquema esquizofrénico, definido por la extenuación y eficiencia permanentes, el descanso queda relegado a ser o bien un incordio o un lujo social. Thomas Edison —titán de la industria que moldeó el s. XX a través de sus invenciones, modelos de negocio y creencias— ya adelantó este modelo de superhombre trabajador cuando se jactaba de que su éxito era debido a la privación de sueño. En 1921 escribía: “En mi caso, nunca he necesitado más de cuatro o cinco horas de sueño al día. Nunca sueño. Duermo de verdad. Cuando por casualidad he dormido de más, me levanto torpe e indolente. Siempre escuchamos a la gente hablar de la ‘falta de sueño’ como un desastre. Deberían llamarlo pérdida de tiempo, vitalidad y oportunidades.”8 Edison es todo un precursor del capitalismo 24/7. Pensando con Crary, es cuanto menos interesante que el inventor de la bombilla eléctrica, que transformó el mundo laboral, preconizara la oposición al descanso y el sueño, un siglo antes. No sólo eso: en su defensa práctica de la productividad sin fin, impuso una vigilancia sobre sus trabajadores para disciplinarles a no parar ni descansar.9 Pero por mucho que se vanagloriara de no dormir, Edison siesteaba a lo largo del día haciendo la técnica de la cuchara, como Dalí o Einstein —dato que alimenta la creencia popular de que poco sueño nocturno puntuado por numerosas siestas cortas (power naps como dicen los anglosajones) es una práctica y signo de genialidad. Este mito se alinea con los programas de empresas contemporáneas, como Google o Nike, que siguen las recomendaciones de consultoras laborales de permitir momentos de siesta en el trabajo e incluir zonas de descanso, juego, socialización —todo lo necesario para recargar las pilas en su justa dosis y así nunca abandonar la actividad.

La dialéctica descanso-trabajo, productividad-impro­ductividad, es constituyente y generativa. Más aún, en el caso de la autoorganización obrera la noche se erige como el territorio privilegiado y el cansancio como estado principal desde el que abrir espacios de articulación de la lucha y de aprendizajes subalternos. Aprender cansados para generar solidaridades y posibilidades distintas de las impuestas por la extenuación capitalista, como demuestran las escuelas nocturnas obreras o la historia de la organización de formas de resistencia y cooperación proletarias. Sin embargo, en el régimen laboral del capitalismo 24/7, el descanso se representa como una debilidad evitable, mientras que la productividad y la flexibilidad constantes son glorificadas a expensas de la salud y la seguridad. Como ha demostrado Alan Derickson,10 historiador del trabajo y la salud, la sobrevaloración y la masculinización del estar despierto descansa sobre argumentos culturales y políticos asentados desde finales del S. XIX en el mundo occidental. El agotamiento es minimizado e incluso ensalzado por la lógica emprendedora, animando a los trabajadores a denegar sus necesidades biológicas en pro del rendimiento laboral, y aplicando así una lógica de masculinización tóxica sobre el trabajo en la que el éxito es medido en función de la fuerza, la competitividad y la resistencia. 

Dormir es una necesidad vital que nunca nos abandona. Es un momento de recarga afectiva y reparación de las capacidades perceptivas que se desarticulan durante el día; es el lugar donde hunde sus raíces nuestra sensibilidad y mundanidad. Coincide con la metabolización (de lo ingerido y lo vivido) del día, con la reorganización neurológica y la consolidación de la memoria; en su monótona repetición, día tras día, es una función central de la cotidianidad, de la capacidad de aprendizaje y la atención. Es un momento de suspensión, de desconexión de las redes y dispositivos en los que operamos, un momento de inactividad e inutilidad. Y es, también,  “una de las pocas experiencias restantes en las que nos abandonamos al cuidado de los demás, lo sepamos o no.”11 Jonathan Crary lo define bien: “Aunque parezca solitario y privado, no está amputado de la arquitectura interhumana de confianza y apoyo mutuo, a pesar de lo dañados que estos vínculos puedan estar. Es también una cesión periódica de la individuación —un deshacer nocturno de la maraña suelta de personalidades superficiales que uno habita y gestiona durante el día. En la despersonalización del sueño, el que duerme habita un mundo en común, una retirada compartida de la nulidad y desperdicio catastróficos de la praxis 24/7. Sin embargo, a pesar de todas las formas en las que el sueño no es explotable o asimilable, difícilmente se puede considerar como un enclave fuera del orden global existente. El sueño siempre ha sido poroso, está teñido con los flujos de la actividad diaria, aunque hoy en día este más desprotegido que nunca de los asaltos que lo corroen y menguan. A pesar de todas las degradaciones, dormir es la recurrencia en nuestras vidas de una espera, de una pausa. […] Dormir es una remisión, una descarga de la ‘continuidad constante’ de todos los hilos en los que uno está atrapado cuando está despierto. […] Situado en algún lugar en la frontera entre lo social y lo natural, dormir asegura la presencia en el mundo de los patrones de fases y ciclos esenciales a la vida, e incompatibles con el capitalismo. La persistencia anómala del sueño ha de entenderse en relación a la destrucción en curso de los procesos que sostienen la existencia en el planeta. Porque el capitalismo no puede limitarse, la noción de preservación o conservación es una imposibilidad sistémica. Contra este fondo, el estado inerte reparativo del sueño contrarresta la necrosis de toda la acumulación, financiarización y basura que han devastado todo lo que una vez fue común.”12

Muchos estudios y el propio trabajo del colectivo Werker muestran que el descanso no es igual para todos, sino que está distribuido según vectores de raza, clase, diversidad funcional y neurológica, edad, género y sexualidad: las comunidades subalternizadas por estos vectores que contribuyen a una naturalización de lo que es “normal”, “aceptable” y “sano”, duermen menos y duermen peor. Especialmente dramática es la “brecha del sueño” en personas afrodescendientes,13 que evidencia la correlación directa entre el empobrecimiento del descanso y la discriminación, el estrés, la in/seguridad (tanto física como financiera), el contexto vecinal o la vigilancia, así como los efectos que este mal dormir tienen en la salud14—personal, comunitaria, social y económica. Otro factor importante a señalar que agrava la condición de desprotección y fatiga extremas es la cuestión del techo. Las personas desahuciadas y sin techo quedan desamparadas en una situación de alienación, vulnerabilidad y urgencia, salvajes en las que la propia posibilidad de descanso está puesta en jaque. 

El descanso es por lo tanto un índice de intersección de las formas de desposesión y de privilegio que nos atraviesan como sujetos. Es una condición política, en la que se demuestra la vital trascendencia de las lógicas de preservación que aportan los cuidados. Bajo este enfoque cobran fuerza renovada las palabras que Audre Lorde, escritora negra y lesbiana, escribe en A Burst of Light al aprender que el cáncer devora su hígado: “Cuidarme a mí misma no es un acto de complacencia, sino de conservación, y eso es un acto de guerra política”. Lo escribe pensando en cómo el privilegio es un vector corrosivo que organiza la gestión y reproducción de la vida, de la muerte y de los cuidados, sobretodo del cuidado propio. El agotamiento inducido por la privación del sueño provoca un estado de vulnerabilidad, desprotección y malestar, fruto de la despo­sesión del mundo común que habitamos.15 Frente a este panorama, la pregunta por el derecho al descanso se torna urgente. ¿Quién tiene derecho a dormir hoy, y de qué manera? ¿Quién tiene derecho a tener derechos tan básicos como el descanso, y por qué? ¿Cómo cuidarse colectivamente y hacer frente a esta guerra política?

Y a pesar de ello, siempre han existido “aquellos que duermen de otra manera: trabajadores nocturnos que duermen durante el día, padres que siestean mientras que sus hijos hacen los mismo, rebeldes de todo tipo de sueño, y aquellos que tienen un descanso mucho más alborotado —insomnes, narcolépticos, y demás”.16 El sueño está atravesado por cuestiones de intimidad, química, biología y política, y definido por concepciones de lo normal, lo ideal, y lo patológico. Su percepción ha variado a lo largo del tiempo, influenciada por discursos científicos y representaciones populares, produciendo y estableciendo concepciones de lo que es un patrón normal o desordenado del sueño. En el fondo, no existe una forma “natural” de dormir más que otra; solo existen miradas parciales e instrumentalizadas. Los estudios del sueño se desarrollaron de manera exponencial a lo largo del S. XX, contribuyendo con definiciones de “dormir bien” cada vez más precisas. Drogas que provocan el sueño han existido desde siempre a lo largo de la historia y el planeta, pero a partir de la década de los noventa del siglo pasado, la industria y consumo farmacéutico de inductores del sueño se disparó, en estrecha correlación con la lógica neoliberal de la época y sus expectativas culturales asociadas. Desde entonces hasta hoy, este lucrativo negocio no ha hecho más que multiplicarse, gracias a la identificación exponencial de estados físicos y psicológicos (estados emocionales fluctuantes como la timidez, ansiedad, distracción, tristeza y el deseo sexual variable, por citar algunos), el consecuente desarrollo de pseudo-necesidades individuales y sus tratamientos químicos. Una ecuación en la que el refuerzo de herramientas colectivas y estructuras sociales para paliar y gestionar estos estados afectivos queda totalmente de lado, reforzando la ideología moderna que confina las emociones en el ámbito de lo privado y lo psicológico. Como han demostrado recientemente pensadores como Mark Fisher y Sara Ahmed, por nombrar dos, los afectos y estados anímicos son constructos subjetivos y sociales inseparables de la interdependencia e intercambio con el mundo. Funcionan como economías, circulando entre los cuerpos y adquiriendo valor a su paso, alimentados por causas sociales y políticas (las expectativas de clase o la condición migrante, por ejemplo). Por ello, las consecuencias de esta negación sistemática de la naturaleza pública de emociones y afectos no hace más que recrudecer formas de malestar generalizado, cuya gestión tiene que pasar también por lo colectivo más que únicamente por lo individual medicalizado.

Dormir es un acto social: la sociedad no puede existir sin descanso, ni este sin expectativas sociales. El sueño es una de las relaciones que anudan a los individuos a las diversas instituciones en las que nos inscribimos (familia, sociedad, trabajo, etc.), y cuando una alteración del sueño rompe alguno de este vínculo, la medicina interviene para reordenar el tejido. El caso del sueño es paradigmático: los individuos buscan dormir las ocho horas que se recomiendan, las cuales estructuran los usos institucionales del tiempo, y componen la base para los tratamientos farmacéuticos. Como apunta Wolf-Meyer, cada factor “refuerza el otro, produciendo así una fuerte lógica del sueño, ritmos espacio-temporales, y normalidad”17 que consolidan un modelo normativo “universal”18 de lo que es dormir bien. Lo que se sitúa fuera de esa definición, es descalificado y medicado.

Podría parecer que el capitalismo 24/7 produjera únicamente formas incesantes de estar despierto. Pero en su lugar, lo que está produciendo son formas de intensificación de los ciclos despierto/dormido: tenemos que estar atentos cuando estamos despiertos, y profundamente dormidos cuando descansamos. No es el insomne quien provee el modelo para estas formas incesantes de vida, sino el narcoléptico, que requiere medicación tanto para mantenerse despierto durante el día como para dormir plácidamente durante la noche.19 Un modelo que se corresponde claramente con los datos del elevado consumo de benzodiazepinas (Rohypnol, Dormodor, Noctamid, Orfidal) inductoras del sueño y de fármacos que no necesitan recetas (Dormidina) combinado con el de bebidas cafeinadas y estimulantes legales e ilegales.

El horizonte que dibuja el análisis de las políticas del descanso es una imagen, cuanto menos, angustiosa. Por una parte, la celebración y representación enfermizas del cansancio por la lógica contemporánea del trabajo están agravando un régimen necro-político, que se ensaña con las comunidades más subalternizadas y desposeídas. Por otra parte, la medicalización capitalista de la vida ha permitido nuevas formas de intervención de los cuerpos, reforzando formas de control y beneficio cada vez más sofisiticadas. A su vez, la colonización del afecto, la memoria y el tiempo que estos paradigmas imponen agravan la confiscación del tiempo colectivo y la imposibilidad de articular alternativas sostenibles. Pero lejos de solo minar el ánimo, esta situación nos urge a reclamar el derecho al descanso. El derecho al sueño reparador de las estructuras comunes, del cuidado y defensa colectivos, de la inclinación a la cooperación y mutualidad. Un descanso mundano y mundanizador, que restaure la creación de mundos en común. Una defensa del dormir no institucionalizado sino hedonista, que no esté desligada de reclamo del ocio, del goce, de la pereza y el bienestar. Y una representación del trabajo y del descanso que no sea culpabilizadora, dogmática o normativa, sino cercana, cuidadosa y transformadora de los imaginarios compartidos. Que este texto sea un manifiesto de esta causa, porque nos va la vida en ello.

  1. Koslofsky, Craig: Evening’s Empire. A History of the Night in Early Modern Europe. Cambridge: Cambridge University Press, 2011, p. 6
  2. Verdon, Jean. La nuit au Moyen Âge. Éditions Perrin, 2009, p. 10
  3. Koslofsky, Craig: Evening’s Empire. A History of the Night in Early Modern Europe. Cambridge: Cambridge University Press, 2011, p. 7)
  4. Melbin, Murray. Night as Frontier: Colonizing the World After Dark. The Free Press, 1987
  5. Crary, Jonathan. 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep. London / New York: Verso, 2014
  6. En su artículo “Forced to Love the Grind”, Miya Tokumitsu describe el auge del trabajador incesante, aupado como figura modélica, así como sus peligros y consecuencias: las muertes causadas por extenuación, como la de un becario de 21 años en la oficina londinense de Bank of America Merrill Lynch tras tres días consecutivos de trabajo, o la de un conductor de camión que al chocar tras 24h sin dormir atropelló a varias personas. En Jacobin 13, Agosto 2015, link
  7. En 1969, Philip K. Dick anticipa la evolución del trabajador-robot medicalizado, automatizado e interconectado en el cuento “La hormiga eléctrica”. No es de extrañar: Dick vivió toda su vida en California, donde la ciencia ficción fue un elemento clave en el medio que vio nacer la llamada Ideología Californiana, crucial en la emergencia de las industrias IT de Silicon Valley. Dick, Philip K. “The Electric Ant”, en Fantasy & Science Fiction, October 1969, pp 100-115
  8. Extraído del Diary and Sundry Observations of Thomas Alva Edison (editado por Dagobert R. Runes, Greenwood Publishing House, 2007); en Popova, Maria:  “Thomas Edison, Power Napper: The Great Inventor on Sleep and Success”, publicado en link. La traducción es propia.
  9. Khazan, Olga. “Thomas Edison and the Cult of Sleep Deprivation”, publicado el 14/05/14 en link
  10. Derickson, Alan. Dangerously Sleep: Overworked Americans and the Cult of Manly Wakefulness. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2013.
  11. Crary, Jonathan. 24/7: Late Capitalism and the Ends of Sleep. London / New York: Verso, 2014, p. 125
  12. Crary, Jonathan. Op. Cit. pp. 125-127. La traducción y el subrayado son míos.
  13. Resnick, Brian. “The Racial Inequality of Sleep” publicado el 27/10/15 en The Atlantic: link
  14. La falta de sueño sostenida es causa de diabetes, obesidad, e insuficiencia cardiaca, entre otras.
  15. Pensemos en el uso de la privación del sueño como tortura, como se llevaba a cabo en Guantánamo.
  16. Wolf-Meyer, Matthew J. . The Slumbering Masses. Sleep, Medicine and Modern American Life. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2012, p. 7
  17. Wolf-Meyer, Matthew J. . The Slumbering Masses. Sleep, Medicine and Modern American Life. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2012, p. 8
  18. En este sentido Wolf-Meyer analiza la desaparición de la siesta en España ante la presión de modelos de gestión de la producción y el trabajo como el francés, inglés o alemán, y la forma en la que “Estados Unidos y Europa sincopan los ritmos de otras sociedades para producir intensidades temporales globales y descansos, coordinaciones metonímicas de trabajadores y trabajo”. Ibíd., p.182
  19. Ibíd, p. 17