Yes With Us, Never About Us: Art/Workers, Solidarity and Privilege

Werker, 2021.

‘Trends in Income’, Werker Archive, 2021.

The history of artists’ engagement in workers’ struggles is as long as the distrust of intelligentsia by the revolutionary working class. After the 1917 Bolshevik Revolution in Russia, more than 160 intellectuals were expelled with their families on so-called ‘Philosophers’ Ships’ from Petrograd (today Saint Petersburg) to Stettin in Germany (today Szczecin, Poland). Later, in 1922, more intellectuals were to be transported by train to Riga or by ship from Odessa to Istanbul. Contemporary examples of artist persecution can be found in the Republic of Cuba or China, where artists and intellectuals are subjected to arbitrary arrest and detention, accused of promoting dissident behavior. In 2019, The National Assembly of People’s Power in Cuba approved a decree in the new constitution (Decreto 349) that enforces state control over art events and obliges all artists to adhere to official cultural institutions.2 A new authority has been introduced known as the ‘cultural inspector’, with powers to stop any artistic manifestation considered to not be conforming with the ideals of the revolution.

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Memòria popular d’un barri obrer

Werker Collective, febrer 2019.

Passatge d’Antonio Ruiz Villalba, La Marina de Port, Barcelona 2018.

La tradició de l’encàrrec institucional de documentació fotogràfica del territori, cal situar-la dintre de la mateixa lògica colonial i imperialista que des del 1492 ha instrumentalitzat una bona part de la producció del coneixement acadèmic i científic a Occident. El caràcter documental del mitjà fotogràfic, hereu d’aquesta lògica, com apunta la teòrica de la fotografia Ariella Azoulay, sovint s’ha utilitzat per legitimar el control sobre certs territoris, les activitats que s’hi duen a terme i el dret sobre les persones que hi habitaven. D’altra banda, quan des d’una institució s’encarrega a un fotògraf o fotògrafa professional la tasca de documentar un barri de la ciutat, de forma implícita es genera una fractura entre el valor social que s’atorga als processos populars de documentació fotogràfica que tenen lloc de forma constant en el territori urbà, i la producció visual professionalitzada. Semblaria que aquesta segona categoria és una font de coneixement més vàlida, de més qualitat estètica o crítica; més digna de ser arxivada i de passar a formar part de la memòria històrica del territori que la producció d’imatges generada pel conjunt de veïnes i veïns d’un barri.

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Políticas del sueño — Un texto por el derecho al descanso

Julia Morandeira Arrizabalaga, diciembre 2018.

Durmiendo en el suelo. Cámara del Joven Trabajador 15–24. Werker 10 — Escuela de Fotografía Popular. Dar Chabab, Barcelona 2018.

La historia del sueño y el descanso no es un relato homogéneo, como tampoco han sido sus modos y discursos. No siempre se ha dormido igual ni lo mismo, ni mucho menos de manera consistente; las ocho horas seguidas de sueño es una proclama relativamente reciente. El sueño, como la noche, fue domesticado a lo largo del siglo XVIII a través de la iluminación progresiva del mundo y la consolidación de la jornada laboral de entre 8 y 12h. Antes de entonces, en gran parte del continente europeo, se dormía en dos o más períodos divididos a lo largo de las 24h del día, sobre todo durante la noche. Los intervalos de vigilia eran dedicados a la oración, la reflexividad, la conversación, la intimidad, al trabajo doméstico o a alguna actividad delictiva menor; era un tiempo ambivalente que combinaba el bienestar con el terror propios de lo nocturno.1 Si la primera necesidad de la noche era el descanso, la segunda era el trabajo. Durante la Edad Media europea,2 la noche constituía un terreno legal regulado por las campanadas del ocaso, que marcaban la extinción de los fuegos y la prohibición de trabajar a la luz de la vela; y las del amanecer, que anunciaban la llamada al trabajo. Estas no sonaban siempre a la misma hora y variaban según las estaciones, sintonizadas con los ritmos naturales de la preciada luz solar que regía el tiempo de faenar. Sin embargo, en las grandes ciudades a partir de la Edad Moderna y el advenimiento del capitalismo moderno, los ritmos laborales se independizaron de la bajada y subida del sol, y hacia finales del siglo XVII, mercaderes y oficiales en varios lugares de Europa establecieron el inicio de su jornada a las siete de la mañana. Esta incluía varias pausas largas y acababa hacia las siete o diez de la noche, aunque extender el trabajo tras la puesta del sol gracias a la luz artificial era ahora una posibilidad. Las razones para trabajar de noche eran múltiples y variadas (las cosechas no podían esperar, especialmente si el mal tiempo o el robo las amenazaban; una vez encendidos, el calor de hornos y forjas eran aprovechado al máximo; por no mencionar el trabajo doméstico de mujeres y sirvientes que se extendía a lo largo de las horas del reloj3 y el tiempo de descanso se repartía el resto de horas disponibles. El tráfico colonial de mercancías introdujo además el uso de especias y nuevas sustancias estimulantes como el café, el té, el azúcar o el cacao, que extendieron la productividad y la explotación tanto en las colonias como en las metrópolis, contribuyendo a consolidar la definición dialéctica entre descanso nocturno y trabajo diurno.

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